jueves, 11 de junio de 2015

Todos para uno y uno...




El Iphone vibra, se arrastra mudo sobre la mesita de luz de la habitación en penumbras. Una mano descarnada alcanza a tomarlo antes de que caiga al piso.
Una actualización de Facebook.
«Anoche, la primera noche sin Carlitos», reza al pie de la foto, que Nacho acaba de subir a la famosa red social.
Carlitos se refriega los ojos.
“No recuerdo la noche de ayer” —se dice, mirando la foto de sus tres amigos—. “Tampoco recuerdo que los muchachos me hayan invitado a salir”. —Bosteza y estira los brazos—. “Es más, no recuerdo nada del día de ayer” —Sacude la cabeza y mira nuevamente la pantalla del Iphone.
—Nos dejó solos — escribió el Bocha. Es el primer comentario que aparece debajo de la foto.
—¿Qué? Si no me dijeron nada —escribió enseguida Carlitos.
—Lo vamos a extrañar mucho —comenta ahora, Javi.
—¿A quien van a extrañar? ¡Boludos, no me avisaroooon! —enfatizó Carlitos.
—Sin D'Artagnan, sólo somos tres simples mosqueteros —escribió Nacho, y mandó un emoticón de tristeza.
"Ya veo, me están gastando" —se dijo Carlitos—. "Quieren jugar conmigo ¡El pedo que me habré agarrado! Debo de estar volcado a un costado de la foto".
—Le dije que iba muy rápido, que levantara el pie del acelerador —escribió Javi.
—Siempre le gustó correr —comentó más abajo el Bocha—, convengamos que a nosotros también.
—Pero él… Él siempre fue el más jugado. Siempre al límite —comentó Nacho.
—¡Bueno che! Cortenlá —escribió Carlitos, repitiendo en voz alta.
—El boludo se comió la curva —escribió el Bocha.
—No vio el cartel —comentó Nacho.
—Tampoco el camión —escribió Javi— ¡Justo en ese momento, al señor se le dio por tomar del pico de la botella!
—¡Epa! Recuerdo eso —dijo Carlitos en voz alta—. Pero es una imagen borrosa, lejana, un flash, algo efímero ¿Un sueño tal vez?... No, no fue un sueño, ahora recuerdo. Yo iba manejando el Bora de mi viejo. Recuerdo que...
—Alcancé a pegarle un volantazo —escribió Javi.
... Recuerdo a Javi, si. Iba sentado a mi lado, en el asiento del acompañante.
—Fue un choque de frente —escribió el Bocha—. Todavía escucho el ruido de los fierros... y el crujido de los huesos.
—Y el fuego... —comentó Nacho—. Todavía tengo la imagen de Carlitos envuelto en llamas.
—¿Qué? ¿Cómo? —dijo Carlitos; nervioso se miró las manos chamuscadas— ¡Nooo! —gritó horrorizado— ¡No puede ser! —buscó el espejo en la pared de su cuarto, y se dio cuenta que no era el suyo. Era un cuarto extraño, de paredes blancas, frías y desnudas como una heladera vacía. Levantó con mano temblorosa y chamuscada el Iphone, y se sacó una foto.
—¡Nooo! ¡Dios, por favor! ¿Qué me ha pasado? —imploró cuando miró la pantalla del Iphone. La selfie de un cuasirostro, deforme por el fuego.
—Yo recuerdo ver un pedazo de chapa, del Bora o el camión, no estoy seguro —escribió Javi—. Le cortó las dos piernas ¡Limpitas se las cortó! como a una rebanada de pan ¡Pobre Carlitos!
—Pobrecito —escribió Nacho—. Nosotros tuvimos mejor suerte.
Carlitos, empezó a temblar. No quería mirar hacia allá abajo, no soportaba la idea. Llevó sus manos hasta donde debían de estar sus piernas… No había nada, sólo la suavidad de las blancas sábanas.
—¡Nooo! ¡La puta madreee! —Carlitos golpea la cama, la mesita de luz, se da la cabeza contra el respaldo— ¿Estoy muerto? ¿En donde estoy, que es esto? ¿Es el purgatorio? ¡Ayudenmeee!
Los gritos eran desgarradores, y Carlitos, convulsionado cayó de la cama.
En ese preciso momento, la puerta de la habitación se abre. Un luz muy blanca y brillante, ingresa a la habitación.
—¡Es la luz, es la luz blanca al final del túnel, la luz de la que todos hablan! —dice Carlitos desde el piso.
Entran dos enfermeros vestidos de blanco, con sendas linternas en las manos. Le apuntan a Carlitos, que está acurrucado como una alimaña al pie de la cama, en el piso de cerámica barata con olor a Espadol.
—Está con un ataque —dijo uno de los enfermeros.
—¡Puta madre! —dijo el otro—. Justo sin luz y sin generador.
—Entró en convulsión —dijo el compañero. Lo subieron a la cama y le inyectaron un calmante. En segundos, Carlitos volvió a dormirse.
—Pobre pibe, estuvo delirando otra vez —dijo uno de los enfermeros.
—También… Como para no estarlo —contestó el compañero—. Hace unos meses se dio un palo de frente contra un camión, con el auto del padre. Los tres amigos que viajaban en el Bora murieron en el accidente, y él quedó convertido en un monstruo. Yo hubiese preferido morir con ellos.
El Iphone de Carlitos vibró en el piso, debajo de la cama.
—Es el celu del pibe, está debajo de la cama —dijo un enfermero—. Están llamando.
—¿Quién es? —preguntó el otro.
—No sé, un tal Javi aparece en la pantalla.
—Dejalo que suene nomás, ponelo arriba de la mesita de luz, seguro lo vuelve a llamar más tarde.

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