domingo, 21 de septiembre de 2014

Gracias por el fuego



Muchas veces, la abuela descargaba toda su bronca en los cuentos. Durante el día iba recolectando enemigos —el carnicero, el verdulero, el almacenero—, a los que asesinaría irremediablemente esa misma noche. Hasta alguna de sus amigas podían caer víctimas de su bronca. Incluso, podía matarlos en serie.
Nosotros, con mis primos, nos dábamos cuenta de que se venía una noche de aquellas cuando la abuela llegaba muy enojada de la calle. Seguro que había regateado los precios, o discutido con algunas de las vecinas.
Pero ese día llegó del mercado, que se la llevaba el demonio.
—¡Ojalá que lo parta un rayo! —dijo—. ¡Que lo pase por encima un tren y se pudra en el infierno!
Dejó las bolsas a un costado, en el suelo, y se dirigió a su laboratorio de ideas: la cocina.
Se dedicó a las tareas de la casa —costura, fregar los bronces, regar las plantas— en silencio. Mientras sus manos hacían los quehaceres de manera automática, adentro de su cabeza se estaba gestando alguna de sus obras macabras.
Su rostro se ponía frío y calculador, y la mirada se le perdía en el vacío. La delataban los gestos: era un proceso interior, que masticaba poco a poco. Y las ideas surgían paulatinamente. De pronto se detenía, como si representara una escena en el aire. Sonreía satisfecha y continuaba con la rutina.
Con mis primos, calladitos, seguíamos sus movimientos. ¡No era cosa de perturbar a la abuela!
Por la tardecita enfiló para el gallinero, agarró un pollo y le retorció el cogote hasta matarlo. Le cortó la cabeza con un hacha, y lo dejó en el medio del patio, desangrándose en un fuentón con agua hirviendo. Después lo desplumó y lo llevó para la cocina. Lo apoyó en la mesada sobre una tabla y empezó a descuartizarlo.
Nuestros ojos acompañaban el movimiento del brazo de la abuela. La cuchilla subía y bajaba, subía y bajaba una y otra vez, atravesando la carne y los huesos de la desplumada ave, golpeando en la tabla de madera. En el tacho de basura quedaron la cabeza, las tripas, las patas y las plumas. En la mesada, el resto del cuerpo reducido en unos cuantos pedazos, que fueron a parar a la cacerola.
 A medida que pasaban las horas, el plan iba tomando forma. Y, cuando llegó la noche, el plan ya era perfecto: estaba listo. El pollo también. Y la abuela recuperó el habla:
—¡A comeeer! —nos llamó con un grito.
Colocó la enorme olla en el medio de la mesa, y nos fue sirviendo el riquísimo pollo con papas a la cacerola.
—Después tengo un gran cuento para contarles —nos dijo.
Cuando terminamos de cenar, fuimos todos al lado de la chimenea a escuchar el recién-inventado cuento de la abuela. ¡Se iba a descargar con todo! Se le notaba en la cara de niña mala, en el vidrioso brillo de los ojos verdes y en la imperceptible mueca de su sonrisa.
Esa noche iba a morir mucha gente. Y la filosa boca de mi abuela…, el arma homicida.
De postre nos regaló la siguiente historia:
—“Era horrible, monstruoso, salió de la laguna y desplegó sus repugnantes alas. La cabeza parecía la de un lagarto, pero con las orejas de un duende. Sus ojos eran dos carbones encendidos. Alto, medía más de tres metros, y tenía brazos pequeños, como los de un canguro. Sus enormes piernas terminaban en garras de un águila, y la gruesa cola acababa en una punta de lanza”. Esas fueron las últimas palabras del carnicero, Eusebio Gómez, cuando lo encontraron agonizante en la orilla del lago Epecuén. Estaba irreconocible, lleno de graves quemaduras en todo el cuerpo, las que le provocaron la muerte.
»La noticia se desparramó por el pueblo, a la misma velocidad que el viento de abril desparramó las hojas secas y amarillentas de los árboles; aquel otoño de 1967.
»Como no se pudo determinar la verdadera causa de la muerte del pobre carnicero, la gente se dedicó a inventar historias. Algunos dijeron que había un dragón en el lago; otros, que se hizo presente el mismísimo diablo. Y hasta se llegó a decir que un cliente disconforme con los precios, lo roció con nafta y le prendió fuego. Pero, fuera como fuera, todo el pueblo quedó aterrorizado.
»Una semana más tarde, apareció el cadáver del taita López en las mismas condiciones. A solo cincuenta metros del primero. Días después, otro cadáver y otro y varios más.
»El último cadáver que se encontró, fue el de Lisandro Torres. Este, estaba totalmente carbonizado, increíblemente permanecía de pie, como soldado al piso por el fuego. Y tenía un brazo extendido apuntando al lago. Lo reconocieron, porque llevaba puesto el anillo de casamiento, apenas chamuscado.
»La gente del pueblo estaba muy asustada. Y las autoridades del municipio y la policía cercaron y prohibieron el ingreso al predio del lago.
»Dicen que curiosidad mata al hombre. Yo —dijo la abuela, enfatizando el Yo—, además de curiosa, tenía mi propia versión de los hechos: todos los muertos habían sido deshonestos comerciantes.
»Me fui hasta el lago cuando caía la tarde, quería ver bien al bicho ese.
»Llegué cuando el sol parecía ahogarse en la laguna. Me acerqué a la orilla y me quedé un rato esperando. Estuve parada como dos horas. Ya estaba por volverme a casa, cuando el agua del lago comenzó a burbujear. Se formó un círculo que parecía una olla de agua hirviendo. Y… y una horrible cabeza emergió de entre las burbujas.
»Permanecí inmutable, esperando.
»Cuando la bestia emergió completa, imaginé el miedo de los que la habían visto antes de morir.
»El bicho me miró a los ojos, dio unos pasos, y quedamos frente a frente. Nos observamos por un rato. El dragón abrió la boca y emitió un seco y horrible ruido, parecía hablarme. Sin apartar la mirada, le hablé. ¡No podía creerlo: yo hablándole a un dragón!
»—Ya no hay más —le dije—. Los comerciantes que quedan aprendieron la lección. Podés irte tranquilo.
»Aquella bestia pareció entenderme. Desplegó sus alas y se elevó al cielo. Se detuvo en el aire por un momento, y me miró. Se despidió con otro espantoso grito. Y se alejó del pueblo para siempre.
»Yo solo alcancé a decirle... “Gracias por el fuego”.
Cuando la abuela terminó, mis primos y yo quedamos con los pelos de punta. No sabíamos si lo que acabábamos de escuchar había sido un cuento o sucedió de verdad.
En cambio, la abuela se relajó en el sillón y encendió la pipa. Luego echó una bocanada de humo, y se quedó mirando el fuego del hogar a leña.


sábado, 20 de septiembre de 2014

Las brujas de Carhué



Una noche la abuela nos reunió a todos los nietos junto al hogar a leña, y nos contó sobre las brujas de Carhué.
—Dicen que las brujas no existen; pero que las hay, las hay. ¡Claro que las hay! —gritó, elevando los brazos y la mirada al techo—. ¡En Carhué, está lleno de brujas!
Aterrados, nos abrazamos con mis primos, y Sonia se me aferró como una gata asustada, clavándome las uñas en el brazo.
Luego la abuela bajó la voz como contando un secreto.
—Aaah, pero no son cualquier tipo de brujas. No son como esas  de los cuentitos baratos que venden a tres por uno en los trenes. No se visten con horribles vestidos negros, ni tampoco llevan ridículos sombreros puntiagudos. Nooo. No, señor: las brujas de Carhué tienen la apariencia de hermosas y jóvenes mujeres —la abuela levantó nuevamente la voz—. ¡Ellas manejan magistralmente el arte del engaño y la seducción! Todo es una puesta en escena. —Volvió a susurrar—. Detrás del maquillaje se encuentran los seres más escalofriantes y aterradores que jamás se hayan visto. —Tomó aire y volvió a gritar—: ¡Son el engendro del mal! ¡Las hijas de Lucifer ocultas en un disfraz!
Sonia hundió más profundo sus uñas en mi brazo, y yo grité de miedo y dolor a la vez. La abuela, que parecía una mecha encendida a punto de hacer explotar una bomba, continuó describiendo a las brujas del pueblo.
—Tampoco crean que andan volando en escobas. ¡Qué ridículo! Ridículo además de incómodo. No, señor. —Hizo una pausa, y volvió a levantar la voz—. ¡Las brujas de Carhué vuelan cada una sentada en una silla!
La abuela agarró una silla y se sentó.
¿Saldrá volando?, pensé. Yo miré a mis primos: todos tenían cara de espanto.
 Pero no, la abuela se había sentado para seguir con el relato.
Sonia apretó las manos y las uñas. Yo no podía más del dolor.
—Y esto que les voy a contar ahora… —la abuela nos apuntaba con el dedo—, que les quede bien clarito. Clarito, clarito. Las brujas de Carhué no asustan a los niños por la calle, no les convidan golosinas o manzanas envenenadas. ¡Nooo!
—¿Qué hacen? —gritó Sonia—. Por favor, abue. ¿Qué hacen?
—Las brujas de Carhué... ¡se comen a los niños! —siguió la abuela, señalando la enorme olla sobre la hornalla de la cocina.
Esta vez, no aguanté más: le mordí en la espalda a Sonia.
Con mis primos nos pegamos un julepe bárbaro, la abuela parecía sacada, y seguía apuntándonos con el dedo.
—¡Nunca, pero nunca jamás, ingresen a la casa de señora alguna, que quiera invitarlos con cualquier pretexto. ¡Entendieron!
Asentimos.
—¿ENTENDIERON?
—¡Siií, abuela! —contestamos a coro.
—¿Abuela… —preguntó Cristina, la hermana mayor de Sonia— y… cómo nos damos cuenta si una señora es bruja o no es bruja?
—¡Es muy difícil! —dijo la abuela—. Algunas, no todas, tienen una marca de nacimiento. Una marca muy pequeña. Está detrás del cuello, donde comienza la nuca. Es una cruz invertida: la marca del mal, la mancha del infierno.
 Miramos hacia la cocina, la olla nos parecía mucho más grande que antes.
—Abuela —dijo Carlitos—. ¿Por qué decís que Carhué está lleno de brujas?
Y ahí, la abuela nos contó aquella viejíma historia:
Se cuenta que llegaron de Europa —siguió la abuela, y nosostros volvimos a quedarnos mudos, escuchando—, más precisamente de Zugarramurdi, un pueblito de España.
Es famosa la anécdota del taita Quevedo. Se cuenta que el taita llegó una noche a la vieja pulpería del pueblo, ató su caballo al palenque y enfiló tambaleante hasta el mostrador. Pidió una botella de ginebra, con la voz temblorosa y el rostro desencajado. Dicen que los presentes —incluido el comisario del pueblo, que jugaba la final de un torneo de truco— se dieron vuelta para ver cómo las nerviosas manos empinaban la botella dejando caer un poco de ginebra entre sus ropas. El taita se bebió sin respiro hasta la última gota y, tras apoyar la botella vacía sobre el mostrador, gritó sin levantar la vista:
—Acabo de ver brujas. ¡Cientos de brujas!
El comisario repartía las cartas.
—¿Brujas? —preguntó con sarcasmo—. Decime, taita, ¿dónde viste tantas brujas?
—En la laguna —contestó el asustado gaucho—. ¡Cientos de brujas cruzaban volando el lago Epecuén!
La pulpería estalló en carcajadas, y el comisario volvió a preguntar:
—¿Eran horribles viejas vestidas de negro, que volaban montadas en escobas?
Los demás baqueanos morían de risa.
—¡Todo lo contrario, señor comisario! —contestó el gaucho pidiendo con un gesto otra botella de ginebra—. ¡Eran jóvenes y hermosas! ¡Las mujeres más hermosas que jamás haya visto! Y volaban en sillas. Volaban en sillas —repitió el taita, mientras se mandaba un buen trago de ginebra.
Y enseguida se dobló tomándose el vientre.
Por un momento, un silencio sepulcral se apoderó de  la pulpería, y solo se escucharon los ruidos abdominales del tembloroso taita.
—Por la laguna Epecuén... —comenzó a cantar el comisario, con el ancho de espadas entre las manos—venían volando las brujas, y decían un conjuro: “Yo vengo, mi amigo, volando pa' cantarle... ¡Flor y truco!
Risas y gritos se mezclaron en una algarabía colectiva.
Mientras tanto, el taita Quevedo agarraba la botella de ginebra por el cuello y daba unos pasos tambaleándose en dirección al comisario. Se detuvo frente a la mesa:
—¡Sigan riendo nomás! —Y siguió con su historia—. Una de ellas se me acercó volando en su silla ¡Era hermosa! ¡Un sueño de mujer! —el taita estaba fascinado—. Pero fue solo el encanto de un instante, su belleza era un embrujo. La hermosa bestia se me colocó a la par y me susurró al oído Necesito tus tripas para un conjuro. Cuando volví a mirarla, se rompió el espejismo. Y la realidad me enfrentó con el monstruo. La vista de esa horrenda figura me paralizó. De su calva cabeza, solo colgaban unas pocas y  largas mechas de pelo —si a eso se lo podía llamar pelo—. Su cara no era sino una masa de piel arruga sobre arruga, con una deforme nariz de gancho. Los ojos rojos de fuego: el mismísimo demonio. Y la risa... esa risa de ultratumba me heló la sangre.
Me enseñó las manos: horribles patas de gallina. Estábamos tan cerca… Me miró fijo a los ojos y hundió en mi vientre sus largas y filosas garras —el taita Quevedo levantó el poncho y dejó a la vista de todos, aquel vientre abierto como una flor. Chorreaba una mezcla de sangre y ginebra—. ¡La bruja se llevó mis tripas! —fue lo último que dijo. La botella de ginebra estalló en el piso, y el taita Quevedo se desplomó sobre la mesa del comisario. Las cartas volaron por el aire, y el ancho de espadas reposó mansamente sobre la frente del difunto.
—Pero el asunto no termina ahí —dijo la abuela, mientras mis primos y yo espantados, nos tocábamos el vientre—. Con la muerte de Quevedo se suspendió el torneo de truco. El comisario se lamentó, más que por la muerte de Quevedo, por la suspención de la final del torneo que estaba ganando. Cerraron la pulpería para que trabajara el médico forense, y el comisario salió de la pulpería y subió al patrullero.
—¡Voy a dar una vuelta! —dijo, pasando el rifle que tenía en el asiento trasero para el de adelante—. Seguro que el taita tuvo la mala suerte de enfrentarse con un puma hambriento.
Se puso en marcha y tomó la ruta hacia la laguna.
Luego de hacer un par de kilómetros, escuchó el murmullo de un lejano cantar, como un coro que provenía del bosque.
Bajó la ventanilla.
El coro se hizo más fuerte.
Como atraído por el canto irresistible de las sirenas que vuelven locos a los navegantes, el comisario se desvío por el viejo camino de tierra que lleva al bosque, internándose en la espesura como en un mar.
Cuanto más penetraba, más y más fuerte era la atracción. El comisario se dejaba llevar y, tras doblar en una curva, las vio: jóvenes, hermosas mujeres, sentadas en sillas al costado del camino, cantaban. Bellas todas, una más hermosa que la otra, entonaban la armoniosa melodía que lo había atraído. Él no daba crédito a sus ojos. ¿De dónde habían salido aquellas hermosas criaturas vestidas con transparencias? ¿Por qué cantaban en medio del bosque?
Una de ellas —sin lugar a dudas, la más bella de todas— se contorneaba con su propia melodía sin abandonar su silla, en el medio del camino. Cruzada de piernas, exhibiendo todo su encanto, sostenía una roja y brillante manzana entre las manos. El comisario, viejo zorro, conocido en el pueblo por su debilidad hacia las mujeres, descendió del patrullero y caminó hacia la muchacha. La niebla y la luz de los faros del patrullero le daban un marco dantesco al encuentro. El hombre avanzaba y, a medida que lo hacía, notaba que la muchacha cambiaba su aspecto. La vio envejecer paso por paso. Cada vez más y más... No bien llegó junto a ella, todas dejaron de cantar. El hechizo se había roto. Cuando el comisario se dio cuenta, ya era demasiado tarde: lo rodearon entre todas. Y el pobre recordó cada una de las palabras del taita. Un frío helado lo recorrió entero, de la cabeza a los pies. Y en ese momento comprendió que el taita Quevedo no estaba borracho, tampoco mintiendo: el gaucho tambaleaba por el miedo. Un miedo que seguramente él mismo tenía ahora en  la cara, mientras la vieja —exhermosa muchacha— se levantaba de la silla.
Con el mayor de los espantos, el comisario vio pudrirse la manzana entre las ahora filosas y repugnantes garras de la recién convertida en bruja.
 La abuela terminó el cuento y se fue a dormir.
Nosotros nos quedamos un rato hablando de brujas y demás historias escalofriantes, en una noche que se hizo eterna y única.
Nos fuimos a dormir todos juntos, no fuera cosa…
Yo daba vueltas en la cama, no podía conciliar el sueño. La luz de la luna que ingresaba por la ventana me molestaba. Me levanté para correr la cortina.
Sonia dormía de costado, profundamente. Le vi algo en el cuello. Una pequeña mancha. Me acerqué para mirarla de cerca, y me encontré con la peor de las sorpresas: a la altura de la nuca, ¡tenía la marca maldita! ¡No podía ser que mi propia prima tuviera la cruz invertida del mal!
Una sombra se movía en la pared. Detrás de mí había alguien.
Con mucho miedo me di vuelta, y vi a la abuela de pie en el umbral. De camisón y pantuflas, traía una vela en la mano. Se llevó el índice a los labios, como indicándome silencio. Dio media vuelta y se fue.


viernes, 19 de septiembre de 2014

La vieja vizcacha

   

El sol nos acompañó y alentó en un informal picadito de fútbol con mis primos, en casa de la abuela, durante toda la tarde. Luego, fue cayendo detrás del maizal, lentamente. Alargaba las sombras y nos regalaba el momento propicio para jugar a las escondidas.—¿Quién cuenta? —dijo Carlitos.—¡Piedra, papel o tijera! —gritó Sonia. Y, como siempre, perdieron: contaban las chicas.Enseguida, Carlitos y yo corrimos a escondernos en el fondo.Con mi primo, siempre creímos que el terreno de la abuela terminaba en el alambrado del fondo, cubierto por una espesa enredadera trepadora que no dejaba ver nada más allá.Fue toda una sorpresa descubrir aquella puerta de alambre, camuflada entre tanta maraña de hojas. Pero lo más sorprendente estaba del otro lado.Cuando cruzamos, quedamos frente a una pequeña casa. Una casita caída en el abandono. La enredadera revestía el patio como una alfombra, parecía un monstruo de hojas verdes que ya había trepado buena parte de la vivienda y se la iba tragando.Caminamos sobre las hojas hasta la puerta. La abrimos y distinguimos un bulto sobre una silla en el centro de la cocina. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad nos dimos cuenta: era una vieja. Sentada, en silencio, totalmente a oscuras. Iluminada a medias por la escasa luz que ingresaba con nosotros. El pestilente olor a encierro y a viejo impregnó nuestras curiosas narices.De lo flaca, parecía un cadáver, un espectro en la penumbra. Su piel transparente era como una hoja de calcar. Me imaginé que podría marcarle los huesos con un lápiz.El pelo blanco y desprolijo era tan largo que se desparramaba por el suelo. Aunque una fea cicatriz le cruzaba de lado a lado una mejilla, lo que más nos impactó fueron sus ojos: dos traslúcidas esferas flotando en la cavidad craneana.—¡¿Quién anda ahí?! —preguntó la vieja con voz cascada—. ¿Quién perturba la soledad de esta ciega anciana?—Somos… somos los nietos de doña Rosa —contesté como pude, entrecortado por el susto. Y a la vez fascinado por el aspecto de aquella mujer.—¡Aaah! Los hermosos nietos de Rosa.—¿Y cómo sabe usted que somos hermosos? —dijo mi primo—. ¿Cómo sabe, si no puede vernos?La Vieja lanzó una siniestra carcajada:—Porque conozco a tu abuela, y a tus padres —dijo, con la cabeza erguida, como mirando al frente—. Ustedes no pueden ser menos.—¿Y usted quién es? La abuela nunca nos habló de usted ni de esta casa.—Mi nombre es Nazarena, pero pueden decirme Vizcacha. Así me llama la gente: Vieja Vizcacha me dicen todos.—¿Porque está escondida en esta madriguera como una vizcacha?La vieja sonrío ante la pregunta de Carlitos, dejando ver su único diente.—¡No está mal lo que decís vos! —dijo—. Pero me llaman Vizcacha porque antes de tener la desgracia de quedar ciega, tuve la desgracia de quedar bizca.—¿Y no tiene miedo de estar ciega? —pregunté yo.Lanzó otra carcajada, y nos asustamos.—Vengan, chicos, acérquense un poquito. No tengan miedo de esta pobre vieja. Déjenme que les toque la cara.Carlitos me miró y levantó los hombros. Yo le hice señas con la cabeza para acercarnos.De cerca, la Vieja daba mucho más miedo: se realzaban los detalles.Con gran esfuerzo, la dejé pasear sus manos descarnadas por mi cara. Hizo lo mismo con mi primo.—¡Aaah! —repitió, con otra leve sonrisa—. Yo tenía razón, son los chicos más hermosos que mis manos hayan visto.Luego me acarició las palmas, los dedos. Estaba fría, helada. Y me dijo:—¿Me preguntás si tengo miedo? ¿Miedo, yo? Tal vez de ver el mundo como es hoy tendría miedo. Mis ojos ya vieron todo lo que tenían que ver allí afuera; ahora miran hacia adentro. Lo tengo todo grabado aquí. —Se tocó la sien—. Tengo muchas imágenes que de joven no les presté la debida atención. Y ahora las disfruto y las recorro detalladamente como a una obra de arte, a cada una de ellas.—Entonces…, usted ve más o menos como cuando soñamos —le dije.—¡Claro! Algo así. A ver, hagamos una prueba. Cierren los ojos y piensen que están frente a la puerta de calle de la abuela.Con Carlitos cerramos los ojos.—¿Ven la casa? ¿Los rosales a la entrada hacia los costados? ¿Los colores, los ven? Sientan el viento acariciarles la piel, escuchen el rugir del ferrocarril trabajando a sus espaldas. ¿Lo ven? ¿Lo sienten? ¿Lo escuchan?Esas palabras oprimieron una tecla mágica, y se encendió una luz en mi cabeza. Las imagines fueron apareciendo. En mi mente lo vi todo: abrí la puerta de calle y seguí el serpenteante caminito de ladrillos hasta la galería. Pasé por el aljibe y… ¡y hasta sentí el aroma de los naranjos! Entré en la casa de mi abuela y la recorrí toda. Es más, parecía que tenía ojos en la nuca, como si mirara en trecientos sesenta grados, como si fuera un juego de computadora, pero real.—¡Guau! —dijo mi entusiasmado primo—. Es verdad, lo puedo ver todo claramente, como si estuviera ahí.—¡Muy bien, muy bien! —graznó la Vieja Vizcacha—. Ahora cierren los ojos nuevamente, imagínense frente al mar.—Yo nunca estuve en el mar —dije—Yo tampoco —me siguió Carlitos.—¡Ah!, están ciegos de mar —nos dijo la vieja huesuda.—Bueno, entonces imagínense frente a las montañas.Mi primo y yo abrimos los ojos, y negamos con la cabeza.—Creo que también estamos ciegos de montañas —dije.—Ajá. ¿Vieron? Ciega y todo, tengo mucho más que ustedes para ver —dijo ella, y lanzó otra de sus burlonas carcajadas.Mientras se reía, yo me quedé pensando de cuántas cosas más estaría ciego.—¿Y usted… —Carlitos la hizo callar con una pregunta—, de que está ciega todavía?La Vieja Vizcacha interrumpió la carcajada. Se puso seria de golpe, como si buscara imágenes en su mente. Imágenes que, aparentemente, no podía encontrar.Tomó aire y aire y aire —juro por Dios que vi sus pulmones inflarse como un globo—, y exhaló la respuesta con un suspiro:—De amor. Estoy ciega de amor.Se encogió de hombros, y pareció sumirse en sus recuerdos. Yo comprendí que era el momento de retirarnos, y le señalé la puerta a mi primo.—Creo que la abuela nos está buscando —le dije a la vieja—. Volveremos en otro momento.—Por favor cierren bien la puerta: la claridad no me deja ver —dijo—. Además, esa maldita enredadera se está queriendo meter por cualquier lado.Por miedo a una represalia de la abuela, no contamos nada de lo sucedido con la Vieja Vizcacha. No dijimos nada ese día ni en todo el verano.No volvimos a la casita del fondo hasta el siguiente año.
Por fin llegó el verano, por fin estaba de nuevo en Carhué. El año se me había estirado como un chicle.Carlitos me estaba esperando en la casa de la abuela. No perdimos tiempo, y fuimos en busca de la Vieja Vizcacha.Llegamos hasta el alambrado, pero no podíamos encontrar la puerta. La enredadera era mucho más espesa que el verano anterior.Una vez que cruzamos al otro lado, vimos que……no se veía nada.¡La trepadora había devorado por completo la casa de la Vieja! ¡No se veían puertas ni ventanas! Todo estaba tapizado de hojas: el monstruo verde había tomado la forma de la casa.Caminamos por el colchón de hojas y raíces hasta la casita. Buscamos la puerta.No aparecía, pero finalmente Carlitos gritó:—¡Acá está!La enredadera se había agarrado tan fuerte que no pudimos abrirla.Corté algunas hojas y raíces con mi cortaplumas y miré por el ojo de la cerradura. Todo oscuridad.—¿Trajiste tu linterna? —le dije a mi primo.—Sí, tomá —Carlitos sacó la linternita de uno de los bolsillos del pantalón.—¡No puede ser! —grité—. ¡Es increíble!Carlitos se asustó, y dio un salto hacia atrás.—¡No me digas! —dijo, agarrándose la cabeza—. ¿La vieja está muerta en la silla?—No, Carlitos, no puedo creer lo rápido que crece ésta enredadera: ¡¡¡ya tapó otra vez la cerradura!!!—¿Cómo? Esperá que yo la corto con el cortaplumas.Era algo increíble de ver, cuanto más cortaba la enredadera, más rápido crecía. Más y más. Nos pusimos como locos y arrancamos las hojas y las raíces con las manos. Hice tiempo apenas para espiar por la cerradura.—¡No está! —grité—. ¡La vieja no está!Mi primo, en el piso, arrancaba las tripas de la enredadera. Se detuvo en seco.—¿Cómo que no está?—¡Y…, no está! —le dije—. La silla está vacía, ya la cubre la trepadora.—¿A ver? ¡Dame la linterna! ¡Quiero ver!—¡Tomá, desconfiado! —le dije.Miró por el agujero de la cerradura.—¡Es verdad! —gritó también—. ¡No está! ¿Dóne habrá ido?En eso… ¡la enredadera cubría por completo las zapatillas de mi primo! Y le trepaba por los pantalones.—¡Carlitos! —grite señalándolo.El también gritó, señalando los míos. No me había dado cuenta: en cuestión de segundos, la trepadora nos tenía enredados a los dos.Mi primo, cortaplumas en mano, emprendió una encarnizada lucha contra la trepadora. Mientras, yo hacía lo que podía con mis manos.Carlitos se liberó rápidamente, y me ayudó.Salimos corriendo, pero debimos detenernos para abrir la puerta del alambrado. No había caso, el pasador ya estaba enredado, cubierto. La trepadora avanzaba sobre nosotros.Desesperadas, nuestras manos luchaban por abrir la puerta de alambre.—¡Apurá, Carlitos, Dale! ¡Ya me agarró la zapatilla! ¡Daleeeee!Felizmente, lo conseguimos. Antes de que la maldita enredadera pudiera atraparnos, estábamos fuera de su alcance.Increíble y extraño a la vez: aunque adentro lo había acaparado todo, la enredadera no pasaba los límites de la propiedad de la Vieja Vizcacha. Hasta las dos flacas y largas palmeras a los costados de la casa habían sido victimas del monstruo de hojas verdes. Ya no podían mover sus melenas al viento. La enredadera había trepado tan alto, que las tenía agarradas de los pelos.No aguantamos más con el misterio, fuimos y le contamos todo a la abuela, incluyendo lo del verano anterior.La abuela nos dijo que la Vieja Vizcacha había muerto durante el invierno. La trepadora había cubierto toda la casa: puertas, ventanas, chimenea, todo. Se había ido metiendo en la vivienda por cada rendija o pequeño agujero que encontró a su paso.—¡Fue algo tremendo! —dijo la abuela—.Tuvimos que llamar a los bomberos. Cortaban la enredadera con la moto sierra, y volvía a crecer. Muy rápido. ¡Nunca se vio nada igual! Cuando los bomberos pudieron entrar, se encontraron con una escena escalofriante. Todo el interior de la casa estaba revestido de verde. La trepadora cubría los pisos, las paredes, las aberturas, los muebles, el cielo raso. Trepada a la silla donde estaba sentada la vieja, la enredó y la envolvió, igual que una araña cuando atrapa su presa. Y lo peor, la trepadora ingresó por todos los orificios de la humanidad de la anciana y le recorrió los órganos, buscando llegarle al corazón. Lo envolvió, lo apretó, hasta que el viejo y cansado músculo dejó de latir.Con mi primo quedamos horrorizados ante semejante manera de morir. Le preguntamos a la abuela por qué nunca nos habló de La Vieja Vizcacha. Esa misma noche, la abuela nos contó toda la historia, y resulta, que había sido prima segunda de ella.
—Como saben, se llamaba Nazarena. Y dicen que de joven fue una hermosa mujer, por la cual los muchachos del pueblo suspiraban.»Pero el corazón de la bella muchacha tenía dueño; latía con fuerza, cuando sus ojos turquesa se cruzaban con los de Ezequiel Ramírez. Un joven distinguido, bien parecido y con mucho dinero.»Eran inseparables. Se habían sentado juntos en la escuela primaria desde el primer día, y nunca más se separaron hasta el último, cuando egresaron. Se juraron amor eterno durante la adolescencia. Y recorrieron el país de norte a sur, en innumerables viajes. Cada vez que volvían de uno, todo el pueblo esperaba el anuncio de casamiento. Hasta que ocurrió el accidente.»Nazarena y Ezequiel solían ir a cabalgar los domingos. Él era el hijo de un hacendado importante de Carhué. Esa tarde, fueron a cabalgar por uno de los campos que el padre de Ezequiel les había regalado para cuando formaran una familia y construyeran su propio rancho. Ellos habían clavado unas estacas donde pensaban levantar su hogar. Y jugaron una carrera, a ver quién llegaba primero hasta las estacas. Ganó Nazarena. Pero al llegar, su caballo se asustó. Había ahí una enorme yarará, y el animal lanzó a Nazarena contra la estaca, y ella rodó sobre unos cardos silvestres, por donde la víbora escapó.»Ezequiel, que venía un par de metros más atrás, lo vio todo, y prácticamente se lanzó del caballo al galope. Cuando rescató a Nazarena y la tuvo entre sus brazos, vio que tenía un profundo corte en el rostro. Ese que le dejaría una cicatriz para siempre. Pero lo peor, fueron los cardos que se incrustaron en sus ojos.»Ezequiel llevó de urgencia a su novia al hospital, montada a caballo. Tras una larga operación, extrajeron los restos de cardo de los ojos de Nazarena, pero la chica quedó bizca para toda la vida.»Y todo cambió: Ezequiel, lejos de permanecer al lado de su amada, fue tomando distancia hasta dejar de frecuentar por completo a la desdichada Nazarena, quien con el tiempo se fue recluyendo en su casa; en su pequeña casa, lejos de la esquiva mirada de la gente, que comenzó a llamarla Vizcacha. En un pueblo chico, lo que se desarrolla con más rapidez es soltar la lengua.»Pasaron varios años, y Ezequiel anunció con bombos y platillos, su casamiento con una joven extranjera que había conocido en uno de sus tantos viajes para "olvidar a Nazarena".—¡Qué pedazo de traidor! —gritó Carlitos.—Tranquilo —dijo la abuela—. No te adelantes a los hechos.—¿Entonces, que pasó? —le pregunté ansioso.—Pasó, que la noche anterior a la boda, Ezequiel salió a cabalgar. Y cuatro horas después regresó el caballo sin su jinete. Ezequiel desapareció y nunca más se supo de él.—¿Enserio, abue? —dije.—Lo buscaron por años, y jamás lo encontraron. Se dijeron muchas cosas, hasta se habló de la maldición de Nazarena.»Pero solamente yo sé lo que pasó aquella noche.—¿Que pasó, abuela? —suplicó Carlitos—. Por favor…—Esa noche… —siguió contando la abuela—, esa noche yo me levanté para ir al baño, que en ese entonces, era un baño provisorio de madera y estaba afuera, atrás de la casa, donde ahora se encuentra el gallinero.»Yo misma lo vi con mis propios ojos. Cuando miré hacia al fondo del terreno, ahí estaba la Nazarena bajo la luz de la luna. Ella también me vio, pero ninguna de las dos dijo nada. Yo iba al baño y ella arrastraba un bulto enorme envuelto en tela como de arpillera.»Entré al baño. Y ya sentada, miré por entre las tablas que hacían de pared. La vi a Nazarena arrojar el bulto a un pozo, que seguro había cavado previamente. Lo último que alcancé a distinguir fueron un par de botas de hombre que sobresalían de la envoltura.»Cuando salí del baño, Nazarena estaba con una pala en la mano. Acababa de enterrar a… ¿a Ezequiel? Y lo había enterrado exactamente en el mismo lugar donde tiempo después apareció y comenzó a crecer la enredadera trepadora.»Yo la miré, y ella me miró con sus ojos bizcos… Luego nos fuimos a dormir; sin decir una sola palabra, nos fuimos a dormir.Cuando la abuela acabó con el cuento, la cara de Carlitos era de horror. Y, por cómo me miraba, me di cuenta de que la mía también. El solo hecho de pensar que la trepadora podría ingresar por mi dormitorio y envolverme como a una mosca, ya me perturbaba bastante, y ni hablemos de ingresar por mis orificios.Le preguntamos a la abuela dónde habían enterrado a la Vieja Vizcacha. Nos dijo que no la enterraron, que la cremaron.—Yo tengo las cenizas en un cofrecito sobre el hogar a leña.Con Carlitos nos miramos, y enseguida se nos ocurrió una magistral idea.A la hora de la siesta, mientras la abuela dormía, agarramos el cofrecito y fuimos para el fondo del terreno, ahí donde nacía la enredadera trepadora. En el lugar donde, según la abuela, estaba enterrado Ezequiel, arrojamos las cenizas.Aún hoy se me eriza la piel recordando aquel momento. Fue increíble ver cómo la enredadera cambiaba de color: igual que un río de aguas turbias que avanza tras un alud, la enredadera trepadora pasaba del verdor de la vida al marrón amarillento de su inevitable muerte, en cuestión de segundos. La enredadera se iba secando.Nos quedamos mirando la sorprendente escena con el cofrecito vacío en la mano. El viento comenzó a soplar y soplar y soplar, llevando las hojas secas de Ezequiel y las cenizas de Nazarena, mezclados en un gran remolino. Recorrieron así un par de kilómetros campo adentro, hasta que el viento cesó, y el remolino se deshizo dejando caer las hojas secas y las cenizas exactamente en el mismo sitio donde aún siguen clavadas las estacas. Donde muchos años atrás Nazarena y Ezequiel habían elegido vivir juntos. Y ahora la muerte los unía ahí mismo, para siempre.



Evaristo Anselmo


La abuela tenía sus métodos a la hora de convencernos para ir a dormir la siesta. Nos hablaba de "El hombre de la bolsa".
Siempre fue una de sus historias favoritas. También para nosotros lo era, y más sabiendo que el hombre de la bolsa tenía nombre y apellido.
―Se llama Evaristo Anselmo Darragueira ―decía la abuela―. Es un viejo ermitaño que vive del otro lado de las vías. Atravesando el maizal campo adentro, en un rancho tanto o más mugriento que él. Ahí se esconde el viejo.
La abuela nos había contado que en realidad se llamaba Evaristo, nada más. Anselmo era el nombre del hermano mellizo. Nadie supo que fue de Anselmo, un día desapareció del carrito donde dormía.
Evaristo, ya grande, recorría las calles del pueblo cargando una bolsa de arpillera al hombro. Y, con el correr de los años, notaron que hablaba solo. Nadie le daba importancia. Hasta que alguien ―la abuela no se acordaba quién― dijo que no hablaba solo, sino con su imaginario hermano, como si lo tuviera al lado.
Cuando la gente lo comprobó, empezó a llamarlo Evaristo Anselmo, igual que si fueran dos personas en una.
Por todos lados se escuchaban saludos de “Chau, Evaristo Anselmo”. Y él levantaba la mano devolviendo el saludo, y contestaba dos veces.
―Hay otra versión sobre la desaparición de Anselmito ―dijo la abuela―. En mi época se decía que al pequeño Anselmo se lo había robado la llorona.
―¿Quién? ―chilló Sonia.
―Callate, nena ―dijo Carlitos―. ¿No escuchaste? “La llorona”.
―Sí ―dije yo―. ¿Pero quién es “La llorona”?
―Matilda Asunción Jiménez ―dijo la abuela―. Aunque  todo el pueblo la conoció y llamó por su apodo "La llorona".
Matilda había sido feliz junto a Reinaldo, su esposo, y el pequeño Francisco. "Paquito", así llamaba a su hijo de cuatro años. Pero, un desgraciado día, Paquito desapareció.
Se decía que el chico siempre jugaba en la hamaca que le había construido su padre. Y aquella tarde, Matilda estaba recostada en su cama mientras escuchaba cantar y columpiarse al pequeño, en el jardín de la casa. Hasta que en un momento no oyó más el canto del niño. Cuando Matilda salió al jardín, encontró a la hamaca balanceándose sola.
―Tengo miedo abue ―dijo Sonia.
―¿Otra vez? ―la reté―. Así, la abuela no va terminar nunca el cuento.
Sonia hizo pucherito con los labios y se abrazó a Carlitos. La abuela continúo con el relato:
―Desesperadamente, Matilda buscó por todo el jardín y la casa. Luego en las casas vecinas y más tarde por todo el pueblo, gritando: ¡Me robaron a mi hijo! ¡Llamen a la policía, mi hijo a desaparecido!
La búsqueda había durado varios días, hasta que el comisario y sus hombres no tuvieron donde más buscar. La pobre Matilda entró en un estado de shock. Y, al cabo de un tiempo, perdió la cordura.
―Deambulaba por las calles de Carhué ―siguió la abuela―, llorando en busca de paquito. La desesperación por no encontrar a su pequeño la llevó al delirio, y se le dio por arrebatarle los hijos de las mujeres del pueblo.
―¡Uy! ―dijo Cristina―. Ahora no solo debemos preocuparnos del Hombre de la bolsa, si no también de la llorona.
―Eso pasó hace muchos, muchos años ―dijo la abuela―. Ahora Matilda está bien enterradita en el cementerio.
Pero la abuela no sabía que el curso de la historia estaba por cambiar.


2

El domingo 10 de noviembre de 1985 ―con mis primos ya ni nos acordábamos de La llorona y el Hombre de la bolsa―, tras largos días de intensas lluvias, el lago Epecuén venció la valla de contención. Y la floreciente villa turística de mismo nombre se inundó. La gente huyó con lo puesto hacia Carhué.
El viejo cementerio quedó sepultado debajo del lago. El agua removió la tierra, y la famosa sal de la laguna hizo salir a flote cientos y cientos de ataúdes, que navegaron a la deriva por varias horas. Luego encallaron en la costa del lado de Carhué. Parecían pequeñas ballenas varadas, escupiendo agua podrida por las rajaduras de la madera.
Llevó mucho tiempo recuperar los cuerpos y volver a darles cristiana sepultura.
Se oía acá y allá que faltaba un cadáver. “No lo pueden encontrar”, decía el dueño de la pulpería. Pero nadie sabía aún de quién era el cadáver.
Recién después de una semana, supimos su nombre: Matilda Asunción Jiménez, La llorona.
A los pocos días de la reveladora noticia, algunos chicos desaparecieron sin dejar rastro.
El  pueblo se vio ceñido por sombras del pasado. El miedo se percibía en el aire, en los rostros de la gente que caminaba deprisa por las calles solitarias, solo para comprar lo imprescindible. Carhué, era ahora un pueblo fantasma. El único que caminaba tranquilo por las calles era Evaristo Anselmo.
No bien oímos su nombre, mis primos y yo nos acordamos de aquella historia de la abuela.
Muchas veces lo vimos desde la ventana a Evaristo Anselmo, pasaba por la calle que daba a las vías del ferrocarril cargando la bolsa de arpillera. Su aspecto nos hacía temblar. Su mirada fría y penetrante impartía pavor a través del vidrio de la ventana: no había vez que pasara que no volteara para mirarnos directamente a los ojos.
Una calurosa tarde de febrero, a la hora de la siesta, lo vimos volver del pueblo camino a su rancho. Cargaba su famosa bolsa de arpillera, como siempre. Pero, esta vez… esta vez algo se  movía adentro de la bolsa.
―¡Un chico! ―gritó Carlitos―. ¡El hombre de la bolsa se robó un chico y se lo va a comer!
Miramos espantados, los cuatro amontonados junto a la ventana, cómo el viejo, vestido con unos trapos harapientos, caminaba con la bolsa al hombro, y conversaba con su hermano imaginario.
―¡Hoy vamos a comer muy rico, Anselmo! ―decía Evaristo, y enseguida cambiaba la voz―. ¡Que bueno, Evaristo! ¿Qué me vas a cocinar? ―Y Evaristo seguía―. ¡Algo muy sabroso y tierno! Muy, pero muy tierno. ¡Mmm! ¡Se me hace agua la boca! ―el viejo parecía un loco hablando solo.
Pasaba por el frente de la casa de la abuela. Nuestros asustados ojos lo siguieron hasta perderlo de vista por un costado de la ventana.
Corrimos hacia afuera. Vimos que Evaristo Anselmo doblaba en la esquina.
Yo me metí entre las cañas que daban a la otra calle, para ver si había tomado en dirección al maizal, camino a su rancho.
De repente escuché el ruido de cañas secas partiéndose. Alguien se me acercaba por detrás, y mis flaquitas piernas se pusieron a  temblar como en los días de invierno cuando caminaba a la escuela.
Una mano se apoyó en mi hombro...
―¿Y, lo viste?
¡Uf!, respiré aliviado. ¡Era Carlitos!
Atrás venían las chicas.
―¡Casi me matás de un susto, nene! Pensé que eras el Hombre de la bolsa.
Apartamos un par de cañas y seguimos. Ahí nomás, lo vimos entrar al maizal, cortando camino a su rancho, como habíamos imaginado.
Con Carlitos y las chicas decidimos seguirlo. Teníamos que hacer algo, no podíamos dejar que ese viejo se comiera otro chico.
La abuela dormía la siesta como una osa, al igual que todo el pueblo.
Seguimos al Hombre de la bolsa atravesando el maizal, a cierta distancia para que no pudiera vernos. Lo seguimos un buen rato hasta verlo llegar al rancho. Un rancho que se caía a pedazos.
―Las paredes se sostienen por la mugre ―dijo Cristina.
―Son pura costra ―dijo Sonia―. Tenés razón.
Era una imagen macabra, de un cuento de terror. Por si fuera poco, unas nubes negras cubrieron rápidamente el cielo, y se hizo la noche. Luego volvió a encenderse en electrizantes relámpagos, para explotar y caer en una torrencial lluvia.
―Volvamos a la casa de la abuela ―dijo Sonia asustada, escondida detrás de Cristina.
―No podemos abandonar a ese chico ―dije―. Ustedes dos vuelvan. Carlitos y yo trataremos de hacer algo.
Sonia y Cristina se fueron bajo la lluvia. Otro relámpago las iluminó mientras entraban al maizal.
Carlitos y yo nos acercamos sigilosamente a una de las ventanas del rancho. Despacito nos deslizamos, y pudimos ver el interior de la cocina a través del vidrio. Un verdadero basural, la cueva de una rata: llena de cacharros viejos y sucios por donde se mirase.
 El viejo apoyó la bolsa encima de la mesa. Lo que estuviera dentro se movía incesantemente. Y se oía un gemido. ¡El chico!
Evaristo Anselmo puso en práctica toda una ceremonia. Se calzó un delantal negro ―brillaba de grasa acumulada―. Se ató un pañuelo igual de mugriento a la frente. Y encendió unas velas: le dieron un ambiente más lúgubre y siniestro a la sucia y desordenada cocina.
La bolsa seguía moviéndose sobre la mesa, y los gemidos se escuchaban con más fuerza. El bulto era pequeño, podría tratarse de un bebé. ¿Qué clase de madre podía descuidar un bebé a la hora de la siesta?
―Tenemos que avisar a la policía ―dijo Carlitos.
―Esperemos a ver qué hace ―dije―. Si intenta algo malo, hacemos bastante ruido y corremos hasta la comisaría. El viejo no va arriesgarse a hacele algo al bebé sabiendo que vamos a delatarlo.
Evaristo Anselmo encendió una hornalla y apoyó una sartén. De tanta grasa vieja acumulada, la sartén se prendió fuego y Evaristo tuvo que apagarla con un repasador.
Cortó un poco de manteca ―o vaya uno a saber qué― y la puso a derretir. Agarró dos cuchillas enormes de la mesada, y les dio filo entre sí.
Lentamente fue hacia la bolsa, que seguía moviéndose, temblando rabiosa arriba de la mesa, entre gemidos insoportables, como si el bebé anticipara su horrendo destino.
―¡Lo va a matar! ―ahogó un grito Carlitos, en una afónica y desesperante mímica.
 El viejo se detuvo junto a la mesa, frotó las cuchillas y...
… y siguió de largo hasta la heladera.
Con mi primo nos miramos desconcertados. Y volvimos la vista hacia el asesino.
Lo vimos sacar un trozo de carne, llevarla hasta la mesada y cortar unos churrascos.
―¡Algo tierno, Anselmo! Algo muy rico y tierno prepara tu hermano. Mmm, tengo hambre, mucha hambre ―Dijo el mismo monstruo cambiando la voz.
El viejo conversaba con su hermano imaginario, y la bolsa sobre la mesa se movía más y más... Cada vez más fuerte. Y los gemidos parecían los de un cerdo cuando le clavan un cuchillo en la garganta.
Evaristo Anselmo prendió el equipo de audio y sonó una música… ¿clásica? Se aclaró la garganta con un repugnante gorgojeo y escupe una bola verde que, luego desparramó con la alpargata en el piso de tierra.
El viejo se puso a cantar.
―Canta ópera ―se rió Carlitos.
Ahora Evaristo Anselmo subía el volumen, parecía disfrutar a lo loco.
Con las cuchillas en las manos hacía ademanes en el aire, como representado una obra en pleno teatro Colón.
―Canta bastante bien ―dije―. Tiene una voz potente y todo.
Los relámpagos iluminaron la cocina, un escenario dantesco.
Nosotros seguimos observando bajo la lluvia.
El monstruo volvió a la mesa. La bolsa se movía más que nunca, y el chirrido de su interior alcanzaba el punto más alto, igualando la nota sostenida de Evaristo. Un dueto escalofriante.
La bolsa se abre, y queda al descubierto el ser más horrendo y repugnante que mis ojos hayan visto jamás. Carlitos sale disparado hacia el maizal, en dirección a la casa de la abuela. Yo en cambio me quedo petrificado contra el vidrio, mirando la escena más terrorífica de toda mi vida.
Aquella... cosa deforme era el verdadero hombre de la bolsa.
¡Era… era Anselmo! ¡El hermano mellizo de Evaristo!
Entonces, me dije. ¡Entonces el hermano imaginario no era imaginario!
Deforme, más que monstruoso: un pequeño tronco con dos piernas cortitas y dos brazos cortitos. Una cabeza maléfica, con rasgos apenas humanos, apenas parecidos a los de Evaristo, especialmente los ojos saltones. No hablaba, se comunicaba con gemidos, y Evaristo los interpretaba a la perfección. Esa cosa tenía gruesas y oscuras cicatrices por toda la cara.
Evaristo sirvió los churrascos en un plato roñoso ―la meza estaba minada de platos roñosos y moscas girando a su alrededor―. Se sirvió una copa de vino tinto y tomó un trago. Le dio de beber a la cosa. Cortó pequeños trocitos de carne y, con el cuidado y cariño de una madre, se lo fue metiendo en la boca a su hermano.
Me enterneció la imagen. Sentí mucha pena por Evaristo: él había tenido que hacerse cargo de aquel fenómeno. Alejado del pueblo, de la gente, de toda actividad social se hizo cargo de su hermano. Le dedicó toda su vida. Y jamás lo dejaba, lo llevaba oculto en la bolsa de arpillera a todos lados.
En cada bocado que Evaristo le daba, acariciaba la cabeza de Anselmo.
―¡Buen chico! ―decía a medida que el pequeño monstruo tragaba―. ¡Bueno! Como el pequeño Anselmo se comió todo... se merece un riquísimo postre. ―Fue hasta la mesada en busca de la cuchilla más grande.
Anselmo empezó a saltar arriba de la mesa. Sus ojos se agrandaron y sobresalieron como una horrenda caricatura. En realidad, todo en aquel ser comenzó a cambiar. Su mandíbula se ensanchó a tal punto, que se deformó totalmente. Si antes era horrible, ahora era abominablemente espantoso. El monstruo estaba totalmente excitado de placer ante el postre que le había prometido su hermano.
Evaristo abrió la vieja y oxidada heladera ―alguna vez habrá sido blanca, me dije―, introdujo medio cuerpo y, con la cuchilla bien afilada, cortó un trozo de postre. Y salió.
Era un…, yo no podía creer lo que veía. Se me fue todo el sentimentalismo al diablo. ¡Un pequeño brazo! El brazo de algún chico muerto.
Vi que lo lanzaba en dirección de Anselmo, y este se lo devoraba de un solo bocado en el aire. Parecía un perro, una horrible y espantosa raza de perro.
Pegué un grito que seguramente se escuchó hasta en el lago Epecuén.
Los mellizos voltearon y me vieron. Yo temblaba de terror, empapado hasta los dedos de los pies.
Evaristo alzo en brazos a su hermano y se acercaron a la ventana.
Quedamos frente a frente, separados por el delgado y sucio vidrio.
Anselmo chirriaba como un cerdo. Su mandíbula se abrió tanto… Pensé que en esa boca entraría mi cabeza entera. Igual que la boca de la pitón que había visto en un documental, los dientes desproporcionados y afilados se abrían y cerraban aterradores.
Evaristo frunció el ceño, su cara también se transformaba. ¡Con Anselmo eran dos verdaderos monstruos! Los chirridos del más pequeño se hicieron insoportables. Y Evaristo me mostró la cuchilla y se la pasó por el cuello. Ya sabía yo qué significaba ese gesto.
Salí corriendo en dirección al maizal. Las zapatillas hacían ruido de sopapa por el agua acumulada entre la plantilla y mi pie.
No quería mirar hacia atrás, quería correr más y más rápido; pero mis piernas no respondían.  Tropecé, no sé con qué, y la bestia me alcanzó.
―Vas a comer muy rico, Anselmo ―decía―. Muy tierno y rico.
Lo miré: venía solo, sin su bolsa, sin su hermanito.
El campo se iluminó con un prolongado relámpago, la electricidad viajó por las partículas de aire y me alcanzó, erizó todos mis músculos y mis pelos. El resplandor iluminó la desencajada y sonriente cara de Evaristo. Desde el piso también alcancé a verme, reflejado en la hoja de la cuchilla de el viejo. Vi un yo desencajado, asustado y lleno de barro.
Detrás de mí, oí el ladrido de unos perros. Salían de entre el maizal, y tras ellos aparecieron el comisario y sus ayudantes.
Enseguida apuntaron con los rifles a Evaristo. Y yo alcance a distinguir a Carlitos junto a ellos. Fue lo último que vi. Creo que me desmayé.
 Pasé un par de días enfermo. Algunos decían que estaba engripado; otros, que el julepe me había dejado de cama. Lo que más me acuerdo de esos días son los relatos de Carlitos, eso de cómo el comisario atrapó a Evaristo bajo aquella torrencial lluvia.
Decía que después revisaron el escabroso rancho y los alrededores. Encontraron varios cadáveres de chicos enterrados. Los que habían desaparecido a lo largo de tantos años estaban en aquel rancho del horror.
Todos en Carhué quedaron conmovidos con el hallazgo. Desenterraron a los chicos del barro, en medio de aquella tormenta eléctrica y los llevaron al cementerio para darles cristiana sepultura. Pero nada los conmovió tanto como el hecho de encontrar el cuerpo de una mujer abrazada a un niño. Era nada menos que el cadáver de Matilda Asunción Jiménez, La llorona. Abrazada a Paquito, su hijo. Es el día de hoy, que todo el pueblo se pregunta cómo llegó el cadáver de Matilda hasta ese lodazal.

3


No bien me bajó la fiebre y pude salir de la cama, la abuela y la tía Cata me llevaron hasta la Comisaría. Dijeron que por protocolo debía identificar a Evaristo.
Él no podía verme porque me protegía un vidrio espejado ―cámara Gesell, dijo el oficial― para que no me descubriera delatándolo.
Pero él me sintió. Me olió como un hiena huele a su presa.
Cuando lo vi solo en el cuarto, pregunté por Anselmo.
―¿Quién? ―dijo el comisario
―Anselmo ―repetí―. El hermano mellizo. Esa… cosa horrible que no llega a medir cuarenta centímetros.
―¿Perdón? ―dijo el comisario―. En el momento de la detención, Evaristo estaba solo.
―Pero, yo mismo lo vi… Lo vi con mis propios ojos. Juro que los vi a los dos. Anselmo era una criatura horrible, deforme, una equivocación de la naturaleza, como dice el sacerdote. Él… eso era el verdadero hombre de la bolsa, el que se comía crudos a los chicos. Yo lo vi, y ahora debe de andar escondido, esperando, oculto entre las sombras.
―Hay, qué chico este ―dijo la tía Cata―. Todavía está afectado por la terrible experiencia. O por la fiebre, vaya a saber. Debería haberse quedado unos días más en cama.
El comisario sonrió levemente y me acarició en la cabeza. Del otro lado, Evaristo se acercó al vidrio espejado. Sabía que yo no me había ido. Seguía oliéndome. El viejo podía oler a cualquier chico que anduviera cerca. Nos percibía, por el aire le llegaba nuestro olor.
Su cara se transformó como aquella tarde sin luz, me miró a través del vidrio y habló.
―¡Hoy vamos a comer muy rico, Anselmo! ―Y enseguida cambió la voz―. ¡Que bueno, Evaristo! ¿Que vas a cocinar? ¡Algo muy sabroso y tierno! Muy, pero muy tierno.